Ladrón de revelaciones Graham McNeill

De todas las verdades que Ahzek Ahriman había aprendido como erudito del culto Corvidae, había una que merecía una consideración aparte: que la auténtica sabiduría nacía del conocimiento de la extensión de la propia ignorancia. Una vez creyó que comprendía los misterios del Gran Océano, con su miríada de complejidades, pero los eventos en Próspero le habían demostrado que hasta la más básica de sus certezas no era más que polvo que el viento arrastraba entre sus dedos.

La torre de Ahriman, una espiral de piedra blanca que se elevaba junto al precipicio del altiplano geomántico, era algo hermoso. Las rutilantes ruinas de Tizca habían sido trasplantadas a aquel mundo de roca cargada de energía disforme, pero Ahriman había resuelto no reinstalarse en sus antiguas cámaras. Aquella época de su vida se había acabado, y estaba decidido a emplear el poder que ofrecía aquel mundo para labrarse un nuevo dominio. Quizá aquello era un pacto con el diablo, pero uno que tal vez permitiera que los Mil Hijos recuperaran su anterior gloria y que reivindicara sus acciones a los ojos de aquellos necios que los habían condenado.

El Libro de Magnus, el último regalo que su primarca le había hecho, permanecía abierto en un facistol de plata y cristal, sus gruesas páginas fulgurando suavemente con su propia luz. Poco más había salvado de todo el precioso conocimiento acumulado en las bibliotecas de Próspero que habían ardido, aunque sí lo suficiente para llenar las estanterías que tapizaban las paredes de la espiral desde la base hasta su cima. Era allí, en su cúspide, donde Ahriman desarrollaba su labor.

Inmovilizado por unas crepitantes cadenas de luz, una figura permanecía crucificada. El cuerpo había sido una vez el de un legionario, una representación perfecta de todo aquello a lo que la humanidad podía aspirar, un paladín de la iluminación; ahora, poco más que un monstruo. Su nombre había sido Astinum una vez, un hermano del culto Pyrae, hasta que el cambio de carne lo había reclamado. Flotaba un metro por encima del suelo, y el fuego recorría su cuerpo. La luminosidad fosfórica de las energías etéreas surcaba sus venas, visibles a través de la piel traslúcida. Unas brasas demoníacas ardían en lo más profundo de las cuencas oculares, y sus labios estaban contraídos en una sonrisa que era un rictus ardiente. La boca se movía, pero ninguna voz surgía de la garganta de Astinum, sólo vaharadas de aire ardiente, como salidas de los hornos de una forja.

Una serie de círculos concéntricos llameantes rodeaban el cuerpo del antiguo legionario, muros que habían sido empleados por los practicus de los Mil Hijos durante siglos cuando liberaban sus cuerpos sutiles en el éter. Gracias a ellos se podía mantener alejados a los moradores del Gran Océano, y gracias a ellos también se podía contener a una criatura del abismo. Nueve círculos circunscribían a Astinum, seis de los cuales ya se habían consumido, su fulgor argénteo se había debilitado progresivamente hasta que sólo habían quedado unas líneas negras e inertes. Y el séptimo círculo estaba ya agonizando.

Ahriman había aprendido mucho de los cuerpos de los cambiados que había ido capturando, uniendo sus extraordinarios poderes de clarividencia con la empatía de la biomanipulación de Hathor Maat. Juntos habían examinado la estructura híbrida de cuarenta y cinco de sus antiguos hermanos, cada vez aprendiendo un poco más de la mutación que estaba devorando a los guerreros de la legión.

Ahriman caminó alrededor de la palpitante criatura en la que Astinum se había convertido, dejando que sus sentidos penetraran en el ardiente núcleo de energía de su interior. La voz del legionario resonaba en su mente.

¿Otra vez, Ahzek? ¿Por qué persistes en esta necedad?

Ahriman no hizo intento alguno de justificar lo que estaba haciendo. Aquel guerrero ya estaba perdido, y a quienes beneficiarían sus acciones no necesitaría rendirles cuentas. Lo único importante era su salvación. Si Ahriman veía arrogancia por su parte en aquella presunción, no lo expresó.

Estás condenado a fracasar, Ahzek, eso lo sabes, por supuesto. ¿Quieres que te diga por qué?

—Vas a decírmelo de todos modos, así que no voy a molestarme en preguntártelo.

La sonrisa ardiente de Astinum se amplió.

Fracasarás porque crees que el cambio de carne debe revertirse, porque piensas que es una maldición, porque no puedes verlo como el don que es.

Ahriman dejó que su mirada de corvidae penetrara las capas superiores de la carne ardiente del guerrero.

—¿Un don? ¿Es un don que te arranquen todo aquello que una vez fuiste? ¿Haber llegado al precipicio de la iluminación para ser arrojado a la ignorancia y la mutación? ¿Eso es un don? No. Una vez fuiste un ser glorioso, pero ahora eres un monstruo.

¿Un monstruo?, vibró en su cabeza la voz de la criatura acompañada de carcajadas. El cambio de carne me ha enseñado que hay muchos monstruos cuya apariencia no revela lo que son. Temes aquello en lo que yo y otros como yo nos hemos convertido, pero todos llevamos en nuestro interior nuestros propios monstruos. Tú en particular, Ahzek.

Ahriman sabía que las palabras de Astinum estaban calculada para penetrar a través de las grietas de su psique, y que las más afiladas eran aquellas que iban cargadas de verdad. Apartó aquellas frases de su mente, y contempló la miríada de caminos que se desplegaban en el futuro de la degeneración del cuerpo de Astinum. Lo que se mostraba ante él era aquella ardiente criatura, las mil iteraciones de su hiperevolución: en algunas el fuego al final la consumía, en otras lo reformaba interminablemente… pero en ninguna de ellas el proceso se invertía. Sin intervención, el cuerpo de Astinum sólo se adentraría más en su estado de disformidad. Ahriman apartó su mirada, notando los círculos de protección que se enfriaban en sus propios huesos cuando hubo devuelto su mente a su propio cuerpo. Notó el peso de la servoarmadura que lo envolvía, las placas blindadas de ceramita ribeteadas de marfil que reflejaban las llamas. Debería haber matado a Astinum mucho antes, pero lo que estaba aprendiendo de él le había permitido avanzar en su comprensión del cambio de carne. Y lo que se podía comprender, se podía doblegar.

Los cambios en Astinum eran tan frecuentes y violentos que Ahriman lo había encontrado con cierta facilidad. La conciencia del bibliotecario jefe de los Mil Hijos se extendía por la superficie de aquel planeta como una telaraña, y la degeneración del guerrero había tirado de sus hilos como ninguna otra.

No puedes detenerlo, Ahzek. El cambio os devorará a todos. Con el tiempo te devorará incluso a ti. Su germen ya está en tu interior. Puedo verlo.

La furia brotó en Ahriman, y dio un paso hacia el círculo cuya luz disminuía gradualmente a sus pies.

—El cambio de carne no me reclamará, Astinum. No lo permitiré

¿Quién ha dicho que la decisión sea tuya?

Demasiado tarde, Ahriman se dio cuenta de que la última de las paredes alrededor del ser se había extinguido. La criatura de fuego se abalanzó sobre él, las luminosas venas de su cuerpo brillando aún más fieramente. Unas garras de fuego se clavaron en su coraza. Ahriman apartó a Astinum de un golpe, pero su antiguo hermano recuperó el equilibrio con la velocidad de un felino, su estructura recorrida por olas de fuego blanco. El aire rielaba con las oleadas de calor, y una cascada de sílabas que formaban no-palabras brotaba de los labios de Astinum como una cadena de maldiciones. Los sentidos de Ahriman saltaron al futuro inmediato, y se apartó a un lado a la vez que Astinum trató de embestirlo. Lo vio recorrer la cámara incendiando todo lo que encontraba a su paso, cada posición consecutiva grabándose como una quemadura en su retina y dejando un eco psíquico en aquel mundo. Ahriman extendió el brazo, invocando su vara heqa y blandiéndola como una espada con la que trazó un tajo en el vientre de Astinum, haciendo que éste se encogiera. Llamaradas fantasmales envolvieron la vara en toda su longitud, pero Ahriman las extinguió con un pensamiento.

Astinum atacó de nuevo, descargando lenguas de fuego sobre él. Antes de que los chorros candentes alcanzaran a Ahriman, una rutilante esfera de aire congelado rodeó a Astinum. El ser gritó al ver sus fuegos extinguidos, la luz magmática de sus venas reduciéndose hasta ser sólo un débil brillo. Inmovilizado por un orbe de puro frío, Astinum juró en su bárbara lengua demoníaca. Ahriman pudo notar la insaciable ira de su biología luchando contra el poder biomántico.

—¿Una criatura de fuego y no has pensado en emplear las artes del culto Pavoni contra ella? Estás olvidando cómo emplear tus poderes, hermano.

Ahriman se giró para encontrar a Hathor Maat con las manos extendidas y una blanca radiación helada emanando de las puntas de sus dedos. Sobek y Amon permanecían tras él, sus auras iluminadas por la concentración de su poder. Con su cuerpo sutil en el interior de los círculos de protección, no había notado su presencia hasta ese momento.

El venerable Amon se acercó a la rabiosa y desafiante figura de Astinum, estudiando la desfigurada fisiología del guerrero con una expresión de horror.

—Astinum, Astinum… ¿en qué te has convertido?

—En aquello en lo que nos convertiremos todos si fracasamos.

Amon asintió, aceptando las palabras de Ahriman pero reluctante a expresarlo en voz alta.

—No quisiera molestar, pero sólo puedo mantener esta criosfera por un tiempo, así que daos prisa y matadlo.

Ahriman concentró su poder, ascendiendo en las Enumeraciones para enfocar su pensamiento. Hizo un gesto a Hathor Maat que dejó caer los brazos. Astinum comenzó a elevarse, pero no avanzó mucho antes de que Sobek lo apresara en una red de energía. La voluntad de Ahriman era algo físico, una extensión de su fuerza y poder multiplicada una infinidad de veces, que envolvió el cuerpo del ser de fuego y comenzó a aplastarlo. El seco sonido de huesos partiéndose resonó por la cámara, y la luz de las llamas del cuerpo de Astinum se apagaron. Su aura etérea se disipó como un humo arrastrado por el viento, y otra capa del corazón de Ahriman se volvió de piedra con la pérdida de otro de los Mil Hijos.

Hathor Maat percibió su angustia.

—No malgastes tu pesar en degenerados como ese.

Ahriman encaró al pavoni clavando en él una mirada iracunda.

—El hombre del conocimiento no solo debe ser capaz de amar a sus enemigos, sino también de odiar a sus amigos.

Amon movió la cabeza del cadáver a un lado y al otro, como si con el mero hecho de mirarla pudiese descubrir algo que explicase aquella degeneración. Sobek se arrodilló y pasó un dedo sobre los restos de los círculos carbonizados.

—Corres demasiados riesgos estudiando los cuerpos de los cambiados…

—Corremos un riesgo mayor si no los estudiamos.

—¿Y has aprendido algo que sea útil? —dijo Amon.

Ahriman dudó un momento antes de contestar.

—Ahora ya sé cómo se desarrolla la corrupción.

—Pero no cómo revertirla…

—No, todavía no.

—Debemos hablar con el Rey Carmesí.

—Sabes que no podemos —contestó Ahriman irritado.

—¿Por qué? Dime. Él detuvo esto una vez y podrá hacerlo de nuevo.

—No hizo nada más que posponer nuestra degeneración. En su arrogancia creyó que había dominado los poderes del Gran Océano.

—¿Y tú crees que nosotros podremos hacerlo? —rió Amon—. ¿Quién es el arrogante ahora?

—Has estado alejado de la legión mucho tiempo, Amon. Tus vagabundeos te han llevado a los rincones más remotos de este mundo, ¿pero qué has aprendido? Nada.

Amon dio un paso hacia él y lo encaró.

—Entonces parece que he aprendido tanto como tú, Ahzek.

Sobek se interpuso entre los dos.

—Puede que el primarca sí lo haya hecho.

Ahriman negó con la cabeza y buscó una de las páginas del Libro de Magnus, una cubierta de fórmulas mágicas incompletas y cálculos esotéricos.

—Ya hemos discutido esto antes, hermanos. Cuando la Rúbrica esté finalizada se la mostraremos a nuestro padre. Si le hablamos de nuestra gran tarea mientras esté incompleta y sin probar, nos detendrá.

Hathor Maat tocó la página amarillenta del grimorio casi como si fuera una reliquia sagrada.

—Presumes que le importará lo suficiente como para detenernos. ¿Cuándo fue la última vez que alguno de nosotros vio a Magnus o sintió su presencia en la superficie de este mundo? —el silencio que siguió fue una elocuente respuesta a su pregunta, y sus rasgos parecieron endurecerse—. Sigue recluido en la Torre de Obsidiana, ¿y quién sabe qué pensamientos ocupan su mente? Sinceramente, no creo que sea el destino de los pocos hijos que le quedan.

—Supones demasiado, Hathor Maat.

Como antiguo palafrenero del primarca, Amon siempre salía en defensa de Magnus cuando las discusiones llegaban a aquel punto.

—¿Ah, sí? ¿Y qué sugieres que hagamos? ¿Rendirnos a lo que las olas de la disformidad decreten para nosotros? —Hathor Maat se acercó al cadáver retorcido de Astinum, la nobleza y la majestuosidad que una vez había poseído arruinadas y corrompidas—. Yo no acabaré así. Y si tengo que ir en contra de la voluntad del primarca, que así sea.

El rostro de Amon se encendió a la vez que su aura ascendía en las Enumeraciones preparándose para el combate. Sobek amplió sus poderes de corvidae para proyectar en las mentes de todos imágenes del futuro: huesos rotos y carne ardiendo, visiones de la ruina de todos y cada uno de los guerreros presentes.

—¡Ya basta!

Amon y Sobek presenciaron sus propias muertes, y ambos adeptos comenzaron a emitir un fulgor psíquico que resonó en la materia psicoconductora de la torre, provocando estallidos de energías etéreas. Ahriman se situó en el centro de la cámara.

—Hemos emprendido este camino y nuestro propósito está fijado. Y olvidar el propio propósito es la forma más común de la estupidez.

—¡Y repetir una y otra vez las mismas acciones esperando resultados diferentes es la definición misma de la locura!

—¿Entonces qué propones?

—¡Ya sabes lo que propongo!

Ahriman suspiró.

—Está bien. Hablaré con el Rey Carmesí.


La Torre de Obsidiana hacía honor a su nombre. Una espiral tortuosa de roca negra, cerniéndose sobre todo lo demás, su edificación imposible lograda en segundos: una extravagancia pasajera del Rey Carmesí hecha realidad. Su esencia era angular y vítrea, como una protuberancia volcánica, y su superficie la recorrían luces erráticas. Ninguna ventana ni abertura de otra clase marcaba su superficie, salvo aquellas que surgían repentinamente por voluntad del primarca. La coronaba una radiación que era en parte luz y parte éter. Era imposible fijar la vista en ella sin tener la impresión de que la mirada del Rey Carmesí, su presencia omnisciente, se proyectaba viéndolo todo, sin dejar sombra alguna en la que ocultar un secreto.

Ahriman apartó la mirada. En un mundo saturado con energía de la disformidad era sencillo moverse de un punto a otro en lo que dura un parpadeo. Aun así, había decidido desplazarse en una Thunderhawk. Como todo en aquel mundo, la nave no había escapado a las energías transformadoras de su nuevo hogar. Su estructura se había vuelto en su conjunto más aviar, su perfil más predatorio: la esencia implícita en su nombre había determinado su nueva forma. Ahriman hizo virar la nave, rodeando la torre en busca de un sitio para aterrizar. Unas vívidas tormentas eléctricas se imprimían en las retinas como postimágenes de luchas titánicas en los cielos, y los picos dentados que se recortaban en el horizonte lo hacían contra un fondo de fuegos eléctricos, cruzado por trazos de rayos en el firmamento. Porciones sintientes de éter perseguían a la Thunderhawk, retazos de conciencias germinales flotando en busca de poder como acólitos implorando a un sumo sacerdote. Millones de ellas convergían en la torre de Magnus como los anillos de material estelar alrededor de un planeta o tiburones que han captado la sangre de una presa en el agua. Ahriman dio otra vuelta más hasta que una apertura se formó espontáneamente en la espiral y una porción de piedra vitrificada extrudida creó una plataforma de aterrizaje. Hizo descender la nave sobre aquel muelle recién creado con la suave presión de un pensamiento.

Esperó un momento a que los motores se enfriaran antes de desplegar la rampa de asalto y descender a la torre. Como las veces anteriores, notó el aire cargado de estática, la sensación patente de potencialidad que preñaba cada instante. Allí, incluso el aliento tenía poder, y el suyo parecía convertirse en una bandada de aves invisible que lo rodease. Ahriman ignoró esa impresión y se introdujo en la torre a través del arco cuya superficie parecía grabada con el relieve de unas llamas danzantes.

El espacio en el interior era inmenso, demasiado vasto como para que pudiera existir dentro de los límites de la circunferencia de la torre. E iluminados por las suaves luces de la biblioteca, las estanterías y los anaqueles se deformaban bajo el peso de la plétora de formas que adoptaba el conocimiento: papiros, pergaminos, cristales de datos, tomos encuadernados, placas, medios hápticos… cada uno atesorando un fragmento de conocimiento precioso  rescatado del saqueo de Próspero. Para un extraño aquella colección podría parecer extensa, un repositorio de conocimientos superado sólo por el que podría encontrarse en las criptas de Terra; pero para uno de los Mil Hijos, aquello no eran más que retazos, una fracción de la sabiduría acumulada, recopilada de los rincones de la galaxia durante los dos últimos siglos. Ahriman sentía deseos de llorar al pensar que todo aquel saber irremplazable se había perdido irremisiblemente a causa del rencor y la envidia.

—¿Mereció la pena?

Una voz vino de ninguna parte, resonante con el pesar de eras, una voz que no conocía la sorpresa ni la alegría, más triste aún al saber que una vez estuvo copada de maravillas.

—No pronuncies su nombre.

—Padre…

—¿Por qué vienes a perturbar mi retiro?

Ahriman no podía ver señal alguna de su señor. La voz emanaba de todas partes y ninguna; un espíritu descarnado podría estar susurrándola en sus oídos, o gritándola desde lo más profundo de la biblioteca.

—Necesito preguntaros algo.

—No necesitabas viajar hasta la Torre de Obsidiana para eso.

—No. Pero algunas cosas es mejor hablarlas cara a cara, de padre a hijo.

Hubo una pausa, y después una alteración del presente, un cambio fundamental en la estructura secreta de la realidad: la biblioteca se desvaneció y Ahriman se encontró en la cúspide de la torre de Magnus, mirando el mundo desde allí como un dios que contemplara desde arriba sus dominios. El planeta se curvaba a lo lejos, como si él fuera un gigante en pie sobre un orbe, y pudo entrever las torres de los otros hechiceros guerreros que habían escapado con vida de la masacre final en la pirámide de Photep. De una legión de miles, sólo quedaba aquel puñado insignificante.

—Pretendemos vivir como lo hicimos una vez… Pero la historia no lo permitirá.

La voz surgió a su espalda en medio del estruendo de relámpagos.

—Un pequeño grupo de guerreros decididos, alimentados por el fuego de una fe inquebrantable en su misión, puede alterar el curso de la historia.

El Rey Carmesí, lo llamaban. El Cíclope Rojo. Magnus el de un Solo Ojo. Todos aquellos epítetos y más se le habían otorgado, algunos con reverencia, la mayoría con miedo. El Magnus que se erguía frente a Ahriman iba ataviado como la última vez que recordaba, presto a luchar contra el Rey Lobo bajo una aullante tormenta de lluvia negra, con la coraza de un rojo sangre rematada con dos cuernos de marfil y cubierto por una capa de malla ambarina, con un kilt de cuero bordado en oro y repujado con el círculo serpentino de la legión. Su pelo escarlata estaba suelto, la melena de un visionario o un loco. Los rasgos del primarca eran de bronce y bajo ellos pulsaba una luz feroz, como si en el núcleo de su ser un sol palpitara irradiando su luminosidad a aquel cuerpo ficticio y simultáneamente creándolo. Aquella luz brillaba más intensamente en su ojo, un único orbe de oro veteado de colores inimaginables y endurecido por el dolor de alguien que sabe el día en que vio más allá de lo que debía. Ese era Magnus tal y como deseaba aparecerse en aquel momento, un semidiós envuelto en la forma de un pasado perdido definido por los recuerdos y los sentimientos de su hijo predilecto. Magnus era un ser al filo de una transformación, pero cuál fuera ésta y a dónde lo condujera eran misterios para los que ni siquiera él tenía respuesta.

Ahriman sintió el impulso de arrodillarse. Cuando llegaron al planeta de los hechiceros Magnus decretó que desde ese día ninguno de sus hijos hincara la rodilla ante él, pero algunos hábitos tardan en desaparecer.

En contra de las expectativas, la cúspide de la torre de Magnus estaba abierta a los elementos, y la tormenta caleidoscópica que liberaba su furia sobre sus cabezas parecía lo bastante cercana como para tocarla. Virulentas energías de un poder inimaginable danzaban en lo alto, y su potencial era un elixir que Ahriman podía notar en su propia sangre.

—Impresionante, ¿verdad? —dijo el primarca con el placer de un secreto compartido en su voz.

—Es… increíble.

Magnus camino despacio hasta el borde de su torre mientras arcos de energía caían sobre él como si fuera un imán. El primarca notó la mirada de Ahriman sobre él.

—Lo igual atrae a lo igual. El poder que hay en mí es el del Gran Océano, destilado dentro de mi carne renacida en algo más puro pero, a pesar de ello, caótico.

En presencia de Magnus era imposible no sentirse como un estudiante desamparado a los pies de un maestro omnipotente. Había mucho que Ahriman deseaba preguntar, pero dominó sus tumultuosos pensamientos y descendió a las Enumeraciones más sosegadas para concentrarse.

—He estado trabajando en algo que quiero que veáis.

—Sí, lo sé. Has estado estudiando sin descanso el cambio de carne.

—¿Lo sabes?

Magnus le dirigió una mirada de soslayo.

—¿De verdad creías que no lo sabría?

Ahriman se dio cuenta de que había sido un ingenuo al creer que el Rey Carmesí no sabría de su gran tarea, pero incluso así se sorprendió al descubrirse tan transparente.

—¿Es ese el motivo por el que has estado rebuscando en mi biblioteca?

—Sí, mi señor. He leído cada palabra del grimorio que confiasteis a mi cuidado. Hay un hechizo que creo que…

—¿Para qué has venido aquí? —lo interrumpió el primarca.

Ahriman caminó hasta situarse a su lado al borde de la torre, su capa ondeando presa de los vientos que nacían en la llanura volcánica bajo ellos. Unas rocas escarpadas surgían a los pies de la estructura como colmillos negros en la boca de un depredador.

—Porque necesitamos vuestra ayuda. No podemos hacerlo solos. Hemos aprendido mucho, pero somos ciegos buscando revelaciones en los lugares equivocados.

—Así que quieres mi bendición y mi ayuda. Bien… pues no te concederé ninguna de las dos. Estás recorriendo un camino muy peligroso, hijo mío. Confía en mí, conozco el noble propósito que te impulsa, el mismo que me empujó a mí una vez. Pero pensarás que has roto la maldición del cambio de carne sólo para descubrir que has sido engañado por los mismos poderes que pensabas que te habían permitido lograrlo.

—Pero seguro que juntos podemos encontrar una solución.

—No, no puedo ayudarte. Es más, no quiero ayudarte. Y cesarás todo esfuerzo en ese sentido. ¿Lo has comprendido?

Ahriman notó como su dominio sobre las Enumeraciones se debilitaba y cómo inconscientemente había ascendido por ellas hasta un estadio de combate.

—No, no lo haré.

Sin movimiento aparente, Magnus se convirtió en un gigante, una bestia feral de pelaje sanguíneo y piel endurecida, su único ojo transmutado en un sol fundido que paralizó a Ahriman como a una res lista para ser sacrificada.

—¡Tu pequeña cábala deja de existir a partir de ahora! ¡Y pobres de aquellos que hagan caso omiso de mi advertencia o rompan la promesa que los une a mí! ¡Se convertirán en mis enemigos y les infligiré tal destrucción a ellos y a sus seguidores que, hasta el final de todas las cosas, maldecirán el día en que se apartaron de mi luz!

Ahriman reconoció las palabras y la amargura que goteaba de cada sílaba. No quedaba más que una pregunta por hacer.

—¿Por qué?

—Porque asuntos más importantes ocupan mis pensamientos.

La espantosa amenaza despareció del ojo de Magnus a la vez que recuperaba su físico anterior.

—¿Más importantes que el fin de vuestra legión?

Magnus no contestó inmediatamente, sino que dirigió su mirada a la tormenta de luz sobre él como si allí en su interior se encontrara la respuesta. Sus rasgos se suavizaron.

—Mucho más importantes.

—Pues decidme, ¡decidme!, porque no entiendo por qué nos habéis abandonado.

Magnus asintió, y posó una mano broncínea sobre su hombro. El planeta de los hechiceros desapareció, como una brillante burbuja hundiéndose en un oscuro pozo.

—Haré algo mejor: te lo mostraré.

Ahriman sintió una terrible dislocación, como el brutal desplazamiento de una teleportación pero centenares de veces peor. Su constitución genéticamente reforzada, biomoldeada para resistir los entornos más extremos, repentinamente pareció la de un frágil mortal en el momento en que su esencia sutil fue arrancada de su envoltura carnal. Su cuerpo de luz se precipitó en el Gran Océano arrastrado por la estela de un cometa de oro incandescente, una presencia de un poder de una magnitud tal que no se atrevía a mirarla directamente. Sabía que aquello era Magnus, quien en la dimensión del Gran Océano no se veía constreñido por forma alguna.

Las estrellas y las galaxias trazaron espirales a su alrededor, revelando un tapiz de eventos aparentemente aleatorios que no lo eran en absoluto. Todo se sometía al esquema de un arquitecto del destino, pero el patrón era tan vasto que apenas podía percibirse más que desde los más remotos extremos de la existencia; e incluso entonces estaba más allá de la capacidad de Ahriman el entenderlo, sus complejidades demasiado sutiles, sus cursos demasiado inextricables para aprehenderlos. Comenzó a sentirse enfermo: un vértigo lo calaba hasta la médula, una mareante sensación de caída lo asaltaba. Luchó por no gritar. No era nada frente a la escala del universo, un insignificante grano de arena en un desierto de polvo barrido por el viento formado de las inconsecuencias de la galaxia. No era excepcional, no era nada.

—¡No! ¡ Yo soy Ahzek Ahriman!

Y con ese pensamiento pudo recomponerse y ser uno de nuevo. Era un erudito guerrero de los Mil Hijos. Forzó su mente hasta alcanzar la segunda Enumeración, en la cual las inferencias de la materia se despreciaban a favor de la prosecución de la iluminación.

Su cuerpo había desaparecido, y en su lugar lo que existía era un brillo de luz, un conglomerado de engranajes girando dentro de engranajes y millones de ojos, una forma tan inmaculada como ignota: aquella era la expresión más pura de su ser, una criatura de luz y pensamiento.

La voz de Magnus le llegó a través de sentidos desconocidos, cada palabra cargada del peso de una terrible precognición.

—Ven, hijo mío. Nos convertiremos en ladrones de revelaciones. Ve lo que yo he visto, y dime después si estoy equivocado al pensar más allá de tus preocupaciones.

Por un instante, Ahriman deseo no ver: una vez lo hiciese ya nada volvería a ser lo que era. Pero no podía desobedecer a su primarca, y desear la placidez de la ignorancia era algo vergonzoso. Su brillante forma flotó para acercarse a la radiante esencia de Magnus.

—Muéstramelo todo.

—¿Todo? No, eso no, eso nunca… Pero te mostraré lo suficiente.

—¿Lo suficiente para qué?               

—Lo suficiente para que veas que aún tenemos una elección ante nosotros, una que marcará cómo se nos recordará en el devenir de la historia.

Las estrellas giraron a su alrededor hasta convertirse en un borrón acelerado. Viajaron a la velocidad del pensamiento y llegaron a su destino en un instante. La sensación era indescriptible. Como dioses, avanzaban a zancadas sobre la galaxia, de un extremo a otro en segundos. Ahriman apenas comenzaba a apreciar la magnitud del poder de su primarca cuando se percató de que habían dejado de moverse y que la realidad se definía de nuevo a su alrededor en patrones familiares de estrellas y planetas en órbitas elípticas.

—¿Dónde estamos?

—Esto es Tsagualsa, el planeta de carroña del Acechador Nocturno, un lugar de muerte y tormento donde los gritos de los agonizantes nunca se acallan, el lugar desde el que mi hermano dirige su campaña de genocidio. Desde aquí es desde donde ha estado luchando contra la I Legión del León.

Recorrieron el sistema, dejando atrás mundos muertos arrasados por el conflicto, consumidos por el daño colateral de dos legiones en guerra. Ahriman notó cómo algo atraía su mirada a los límites del sistema: una sanguinaria lucha en el vacío, dos flotas acribillándose la una a la otra a corta distancia. Las naves enemigas se entremezclaban descargando andanadas completas del armamento de sus flancos, saturando el espacio entre ellas de proyectiles sólidos y haces de láser. Las explosiones los recorrían de proa a popa y les arrancaban pedazos de blindaje. Ahriman vio cómo cientos de almas desaparecían de la existencia, centenares de vidas perdidas cada segundo.

—Éste es el estertor de la Cruzada de Thramas.

Ahriman se sumergió en la batalla, un fantasma de luz testigo de la fría masacre. Las naves negras con la insignia de la espada alada parecían tener la victoria a su alcance: el daño que estaban provocando a los Amos de la Noche era terrible. No obstante, no parecía que las naves de la VIII Legión estuvieran dispuestas a retirarse.

—Durante dos años se han sangrado los unos a los otros. Pero con esta batalla, la guerra termina. Mis hermanos se retirarán para lamerse las heridas.

—¿Quién resulta vencedor?

—Eso aún está por verse. Los Ángeles Oscuros son portadores de la semilla de su propia destrucción. Además, en estos tiempos, ¿puede alguien de verdad llamarse vencedor?

Lo que los rodeaba se desenfocó de nuevo, y esta vez Ahriman sintió una fuerza oponiéndose a su avance. Una a una, las estrellas fueron desapareciendo como llamas de velas que se extinguieran, hasta que no quedó más que oscuridad. Más allá de ese telón de negrura pudo entrever un planeta cuarteado y desfigurado por las llamas, sus placas continentales quebradas, y un símbolo de ocho puntas grabado a fuego sobre su corteza terrestre. Más lejos había otro planeta, uno que reverberaba con el halo de un combate desatado a su alrededor, un mundo rojo bañado en sangre y locura. Ahriman se proyectó hacia él con la intención de descubrir qué nueva demencia se desarrollaba allí, pero una suave presión psíquica de Magnus lo detuvo.

—No, hijo mío, no te acerques más, o te mancharás con la misma insania que arrastra a Sanguinius y sus ángeles hacia su condenación.

—¿Los Ángeles Sangrientos, destruidos?

—El tiempo lo dirá. Sanguinius se encuentra en un cruce de caminos, y sabe que ambos senderos terminan en sangre. Pero es más fuerte de lo que nadie imagina. Bueno, casi nadie. Guilliman lo sabe, pero ni siquiera él conoce del todo la herida en el corazón de su hermano.

La imagen del planeta rojo sangre de disolvió, reemplazado por los vastos vacíos del espacio entre mundos, nadas que la mente humana no podía abarcar.

—¿Por qué me estáis mostrando todo esto?

—Porque no volveré a engañarme. Próspero arde porque pensé que sabía más que nadie. Si ahora hemos de decidir un curso para nuestra legión, ha de ser el correcto. Y con ese fin, he viajado por las estrellas y el tiempo mismo para encontrar a mis hermanos, para saber al lado de cuáles debemos luchar.

Ahriman notó como si el vacío a su alrededor se volviese más claustrofóbico, como las paredes de una cámara de meditación que se estuvieran acercando entre sí. Lo que momentos antes parecía inconmensurablemente amplio, ahora parecía constreñido, reducido.

—Ese es el peso de nuestra decisión, presionando sobre nosotros, Ahzek. La guerra ha estallado en la galaxia, una guerra como ninguna otra antes. Y pronto deberé elegir un bando.

—¿Por qué debéis elegir un bando? El Emperador nos traicionó, y Horus Lupercal no tiene nada que ofrecernos.

—¿Eso crees? Entonces déjame mostrarte Ultramar.

La rutilante presencia de Magnus ardió más intensamente, arrastrando consigo a Ahriman al hundirse a través del espacio de nuevo. Esta vez viajaron hasta un mundo azul atrapado en la tormenta infernal de su estrella malherida. Sus ciudades sólo las recorrían los vientos radiactivos, y almas que no habían conseguido refugiarse en las arcologías subterráneas habían muerto.

—Conozco este mundo, estuve aquí tras visitar la biblioteca de cristal de Prandium. Es Calth.

Naves de guerra se desperdigaban, alejándose del planeta condenado, las oro y azur de la XIII Legión y las del rojo arterial de la XVII. Las de los Ultramarines se estaban reagrupando, mientras que las de los Portadores de la Palabra estaban aprovechando el caos del final de la batalla para desplegarse por la negrura entre los Quinientos Mundos.

Bajo la mirada de Ahriman se desató una tormenta, estalló sobre la superficie del planeta como una terrible erupción de una estrella. Invisible a los ojos físicos, era un vasto derrame de energías vinculadas a la disformidad. Devoró Calth, y pronto se extendió más allá de los límites del sistema, una tormenta ruinosa de proporciones épicas que se propagaba como un voraz incendio. Descontrolada, rugiente, sangrando, la tormenta escapó del reino inmaterial en todas direcciones, una aullante barrera de odio y resentimiento que no había podido ser obra más que de un individuo excepcionalmente poderoso. Las energías empleadas en su creación casi eran inconcebibles, y a Ahriman le costaba aceptar cómo algo tan devastador podía haber ocurrido. ¿Pero quién, excepto los Mil Hijos, tendría el poder de invocar algo como aquello?

—Han quemado Calth… ¿Ha sido por Monarchia?

—¿Monarchia? No… Calth es sólo el prólogo de la batalla. La visión de Lorgar es grandiosa, y abarca mucho más allá de la muerte de un solo mundo. Y la lógica pragmática de Guilliman aún está por desplegarse en toda su majestuosidad y toda su tragedia. Las piezas ya están en movimiento, y presiento que ésta es la clave de todo lo que está por venir.

—¿Lorgar pretende asaltar los Quinientos Mundos? ¿Se ha vuelto loco? Los ejércitos de Guilliman son legión. Lorgar nunca derrotará a la hueste de Ultramar.

Un brillo de hilaridad recorrió la luminosidad de la forma de Magnus.

—Le trasladaré tu apreciación a mi hermano la próxima vez que lo vea. Si algo nos enseña la historia es que no existe ejército que sea invencible… Es sólo que a veces la historia necesita un ligero empujón.